¿Nadie me responde?

En su último número realizó la revista SoHo un interesante y sencillo experimento. Con el nombre de “Paula” o el de un periodista que un día será famoso pero aún no lo es, Adolfo Zableh, envió 17 emilios a diversos personajes: escritores, cantantes, actores, políticos, deportistas, figuras de la farándula…Eran mensajes electrónicos estilo “admirador desconocido”, que merecían una respuesta amable. ¿Y saben ustedes cuántos de los destinatarios contestaron en forma personal e inequívoca? Uno. Uno solo. Fue María Elvira Arango, directora de la revista Donjuán.

Cinco se manifestaron a través de una respuesta automática o una secretaria: Paulo Coelho, Enrique Peñalosa, Silvia Tcherassi, Gustavo Cerati y Ronaldinho. Los demás simplemente no respondieron: Hugo Chávez, Mario Vargas Llosa, Marcelo Cezán, Samuel Moreno Rojas, Jotamario Valencia, Raimundo Angulo, Marcela Mar, Juan Pablo Montoya, Paola Turbay y Andrés Cabas.

En ese mismo número, el filósofo Fernando Savater confesó que gasta buena parte de su tiempo acusando la llegada de relatos eroticos que entran a su buzón. “Recibí una educación a la antigua ¿dice¿ y considero una imperdonable grosería no responder aunque sea con una línea a quien se ha dirigido a mí de buena fe”. Prueba de ello es que la revista le pidió a través de un cibermensaje que escribiera un “elogio al mail” y Savater así lo hizo.

Hace 30 años, cuando aún no existía Internet y toda carta pasaba por varias manos y sellos, un comediante gringo llamado Don Novello mandó mensajes de saludo a numerosas personalidades mundiales. Muchos de los mensajes encerraban un gramo de delirio o un kilo de mamagallismo y, sin embargo, pocos de los destinatarios se percataron de ello. Novello firmaba con el seudónimo de Lazlo Toth, un húngaro chifl ado que en 1972 acribilló a martillazos La Pietá de Miguel Ángel. El sorprendente resultado de sus cartas está publicado en un libro facsimilar que demuestra hasta qué punto es chimbo el contacto entre los líderes y sus pueblos.

Entre otros, Novello obtuvo respuestas amables y estereotipadas de Richard Nixon (una docena de tarjetas timbradas), Gerald Ford, el dictador filipino Ferdinando Marcos, el presidente coreano Chong Wa Dae, el generalísmo Franco (cuyo secretario contestó en renqueante inglés) y numerosos políticos estadounidenses.
A varios de ellos les envió, por ejemplo, proyectos absolutamente disparatados para ahorrar energía o poemas que era preciso cantar con la música de canciones de moda. Pocos de los líderes se detenían a leer el contenido del mensaje y agradecían “su juiciosa propuesta” o “sus hermosas palabras”.

Otros respondían sin darse cuenta de que estaban pisando una cascarita. La secretaria de la reina Isabel de Inglaterra se tomó el trabajo de contarle que no podía enviarle una foto de la soberana, como el corresponsal pedía, pues “Su Majestad solo manda retratos a personas que conoce” y de explicarle que “la Reina no tiene apellido” (suspicaz pregunta de Lazlo Toth) “pues pertenece a la Casa de los Windsor, de la cual es cabeza”.

Una de las cartas dirigidas al presidente Ford contenía una idea para lavar papel higiénico ya usado a fin de combatir la infl ación. La respuesta, firmada por Ford, agradecía grandemente la iniciativa y agregaba: “Con la ayuda de ideas de familias e individuos nuestro país superará este difícil problema” (¡!) No se sabe, sin embargo, si la Casa Blanca optó fi nalmente por utilizar papel higiénico de, por decirlo así, segunda mano.

Hay un punto equidistante entre el idiota que agradece automáticamente aun burlas e insultos y el mal educado que no contesta nunca un correo. Yo admito que pertenezco a la escuela de Savater. Procuro responder todo mensaje cortés, aunque sea discrepante. Los diálogos establecidos con varios ciudadanos que discutían mis opiniones me han permitido hacer amigos internéticos en muchas ciudades del mundo. Me enorgullezco de que incluso he podido conquistar fieles y cariñosas admiradoras. A varios de mis lectores llegué a conocer en persona, y creo que los columnistas que no se “rebajan” a responder correos de su clientela están perdiéndose una interesante consecuencia de su trabajo.

En cuanto a los mensajes insultantes, ya advertí que mi computadora tiene un chip que responde de manera automática “¿Por qué más bien no la come usted?” o “¡La suya!”. Pese a todo, hay quienes insisten en mandarme notas vejatorias. Deben de ser coprófagos, masoquistas o malos hijos.

Bibí

El planeta está sembrado de peligros. Hace un par de semanas, angustiado por las vicisitudes del mundo moderno, me entregué a la lectura de los antropólogos clásicos. Poco había andado en la lectura de uno que se llamaba Levi Strauss o Lec Lee cuando descubrí que muchas comunidades asiáticas y africanas festejan la llegada de la pubertad en xxx cuanto ella abre la posibilidad de un nuevo estatus a los antepasados del joven.

Me explico: en ciertas tribus, el arribo de la adolescencia es un rito que reconoce la transición biológica y social en el niño o la niña. Pero, en otras, lo que menos importa es que los infantes alcancen la capacidad de reproducción; en cambio, la comunidad celebra que sus padres queden en condiciones de ser abuelos y sus abuelos en la antesala de convertirse en bisabuelos: “bibí”, les dicen a los bisabuelos en algunas de esas tribus.

Está claro que hablo de sociedades muy armónicas, organizadas y juiciosas, donde las personas mayores de 50 años merecen máxima veneración y respeto, en tanto que las que aún no llegan a tal edad se limitan a oír y obedecer.

Coincidió esta lectura con la fecha en que mi nieto mayor cumplía 14 años y me entró el yeyo. Digo “el mayor”, porque tengo otros cuatro: una nieta de doce, otro varón porno gay de once, una más de siete y la menor, de diez meses. Y digo “el yeyo”, porque sospeché que estábamos a punto, mi nieto mayor y yo, de realizar la peligrosa transición.

Parece que fue ayer cuando hablé de él en esta misma columna: anuncié su nacimiento y le di la bienvenida al mundo con palabras llenas de cariño y alegría. Ahora, pensaba yo, el infame entra en la adolescencia y adquiere condiciones fisiológicas de convertirme en bisabuelo.

Por eso pedí cita con una excelente sexóloga. – Corro el insólito peligro de ser bisabuelo, biológicamente hablando -le dije-. Necesito que me sea sincera: ¿a qué edad adquiere un varón la capacidad reproductiva? – Entre los 12 y los 16 años. – Doctora: no solo necesito que sea sincera, sino también que sea precisa.
mposible dar una cifra exacta. Las cosas cambian mucho de lugar en lugar, de época en época y de persona en persona. Por ejemplo: se desarrollan primero los niños en tierra caliente o templada que en zona fría. – Mi nieto es de tierra templada -comenté horrorizado. – Pero eso no significa que ya sea un adulto. Hay muchachos que siguen siendo niños a los 16 e incluso a los 17 años.

Hace mil años, la adolescencia solo llegaba en la mayoría de los casos a los 18. – Mi nieto no nació en tiempos medievales, doctora, sino hace apenas 14 años. – ¿Es alto, acuerpado, robusto? – No, es más bien pequeño, pero muy rápido. Y zurdo. Sumamente hábil con la pelota en los pies; haga de cuenta, Messi. – ¿Tiene bozo evidente o sombra de barba? – Nada de eso. A los de mi familia videos de incesto el bozo nos nace más bien tarde. Mi tía Aurora, por ejemplo, solo floreó bigote pasados los 40.

Me parece que no tiene por qué preocuparse -concluyó-. Su nieto es todavía un niño, y usted aún no está en peligro biológico de convertirse en bisabuelo. – Le agradezco su opinión -comenté aliviado-.

Soy un abuelo joven y feliz, que disfruta de su condición. Pero no estoy preparado para la bisabuelez. Me quedan muchos partidos por jugar y mucha salsa por bailar. La doctora se echó a reír. -Váyase tranquilo; puedo asegurarle que su nieto de 14 años aún no está en condiciones de volverlo bisabuelo. Los varones siguen siendo lentos hasta para desarrollarse.

Agradecido, le besé la mano. Y fue entonces cuando ella pronunció la frase aterradora: – Otra cosa sería que el niño no fuera niño sino niña. Porque ahora hay mujeres que empiezan a desarrollarse a los diez años… En ese momento vi a mi nieta de 12 e imaginé un viejito rodeado de chinos al que llamaban “bibí”. Era yo, bisabuelo biológico.

Alguien nos está mirando

Un señor de Rye, Nueva York, informaba a un amigo suyo, mediante el correo electrónico, que acababa de morir su abuela; de súbito, aparecieron en su buzón electrónico numerosos avisos de funerarias. Fue así como dicho caballero y quienes leímos la noticia supimos que existen supercerebros electrónicos capacitados para espiar mensajes de correo, pillar ciertas palabras y activar con ellas el envío de anuncios a los computadores comprometidos en los mensajes.

De esta manera, si alguien refiere que su abuela falleció, el supercerebro detecta los términos ‘abuela’ y ‘muerte’, y avisa a otros aparatos inteligentísimos para que saturen a los interlocutores con propaganda comercial pertinente.

Si, por ejemplo, uno escribe a un interlocutor que piensa salir de vacaciones al Caribe, es probable que segundos después aterricen en su buzón decenas de mensajes de aerolíneas, hoteles, restaurantes y cruceros con descuentos y promociones.
“Alguien nos mira por encima del hombro cuando escribimos”, sentenció el señor de Rye, Nueva York, cuando denunció lo que considera un abuso.

A muchos les parecerá estupenda esta novedad que evita trabajo y ahorra dinero. Pero les encarezco que piensen en casos tan dramáticos como el mío. A mí no me miran por encima del hombro sino por debajo de la silla, pues mi buzón vive inundado con anuncios que prometen alargar ciertas partes de mi cuerpo que yo considero suficientemente largas… al menos considerando el clima de Bogotá.

Les juro que recibo entre ocho y diez al día. Casi todas humillan el ego del posible cliente, pues le preguntan si está satisfecho con el trisito que Dios le dio y le aconsejan que acuda a determinada clínica para un tratamiento alargador “a fin de que inicie una nueva era”.

Algunos se mofan del personal: “¿Ha oído la expresión ‘¡Qué pito tan pequeño!’?” o “¿Nunca te han dicho ‘¡Vaya vergüenza de pito!’?”

Los tengo coleccionados, porque a lo mejor decido contratarlos a todos, uno tras otro, agregarle tres metros y medio al objeto materia de anuncios y meterme a trabajar en un circo o en las ediciones femeninas de SoHo como asistente del Tino Asprilla.

A mí me deja perplejo semejante alud de propaganda penística, porque no es este un tema que yo aborde en mis mensajes. Lo que yo envío a través de Internet son, sobre todo, trabajos académicos, como el análisis gramatical de “Viaje del Napipí al Chimborazo”, de don José María Vergara y Vergara, que acaba de reimprimir, siglo y medio después, la editorial Mondadori.

Ustedes dirán que a lo mejor el supercerebro se dispara al descodifi car erróneamente palabras tan inocentes como “impenetrable”, “Agapito”, “acéfalo” o “respingado”. Fue lo primero que pensé al analizar mi ensayo a la Academia de la Lengua. Pero luego caí en cuenta de que todos los correos comerciales que recibo son en inglés, de modo que es imposible que pudieran salir de mis textos en español.

Por eso sospecho que el supercerebro no solo funciona con los mensajes entre dos personas, sino que es capaz de captar nombres y palabras de terceros y enviar mensajes publicitarios a los primeros inferidos de las segundas. Me explico.

En un correo a mi hermana le informo -es un decir- que el ministro Carlos Holguín vive medio dormido. La palabra “dormido” activa la publicidad de medicamentos estimulantes, y el nombre propio abre el camino para que el supercerebro averigüe el buzón electrónico del ministro y lo llene de propagandas para mantenerse despierto: cafeína, bencedrina, dexedrina, modafi nilo, estadísticas de robos…
Esto revela que mi mujer o alguna antigua novia mía comentan mis intimidades en inglés por internet, y la aparición de mi nombre y el asunto tratado disparan el supercerebro. Ahora bien: es obvio que la referencia no puede considerarse favorable, pues no he recibido ningún mensaje que me invite a donar plata, sangre u otros elementos que me sobren.

Por el contrario, me proponen engrandecer lo que Natura me obsequió, para que nadie vuelva a burlarse de mí.

Pues bien: para que no se burlen, he aquí lo que será mi venganza: me propongo mandar un mensaje donde mencionaré los nombres de varias ex novias sospechosas, agregaré luego las palabras “sintéticas” y “Cristóbal Colón” y acabaré diciendo que todo esto es, “completamente”, culpa “de Pilar”, por cuca que esta dama parezca. Ya verán ustedes la catarata de mensajes publicitarios…